Día III
“ Amores que matan nunca mueren”
El momento más bello fue quizá el momento de más alta tensión. Fue allí, donde escondido detrás de una hoja de papel, escribí las palabras taxonomía y control. Ferrán, el
español de acento paisa, discutió con Jorge, el de los cientos de piercings y extensiones, sobre la clasificación de las plantas, sobre el daño que puede traer la identificación de una planta con un sonido y de cómo este sonido- el cual tiene que escribirse- debe servir para cimentar alrededor de él toda una serie de descripciones que nos ayudarían, en teoría, a descubrir el mundo, como diría el documental de Julio Betancur, romántico de la ciencia: la botánica. Ha sido sin duda este el momento que más había esperado desde ese día- en el cual me encontraba sentado haciendo digestión, después de almuerzo, cargando a mi sobrino: el bebe baboso – en el que fui informado de ser uno de los becarios de este Experimenta Sur. Ansiaba ver el día en que dos sistemas de pensamiento chocaran en frente mío. En ese entonces no sabía a ciencia cierta cómo serían o cómo percibiría estas dos hipotéticas arquitecturas que se tejen en lo más profundo del pensamiento y que se dejan observar ocasionalmente en el uso de las palabras y en su actuación a través del cuerpo. Por ello parecía un perro feliz, así como cuando se le da a un canino un gordo de esos que sobra en el asado o como cuando se le vierte maíz a las gallinas. Loco, irracional, profundamente excitado me sentía cuando vi que entre ellos se interrumpían y ponían a un sector de los participantes de su lado o del otro. Veía – en esas interrupciones – estocadas letales a los principios de cada uno: el nombrar como esencia primera para la descripción de los objetos que habitan en el mundo, el sentir sin las palabras como única descripción que se debe hacer sobre la naturaleza. Me sentía como un burgués con sus binóculos dorados observando en la lontananza un par de perros aguerridos que luchaban por estar en el primer puesto de la carrera. Celebraba sin haber apostado por ninguno de ellos. Apostar por alguno, y más en ese álgido momento, sería tomar postura por alguno y eso sería, sin duda alguna, granjearse enemigos entre los compañeros. Bueno, la verdad, estoy siendo tremendista, dramático y en exageración exagerado. Pero si fuera más dócil con mis palabras, si en ellas hallara más reposo que lucha, quizá no podría describir con suma precisión, como lo quiero hacer ahora, el sentir que siento al recordar lo que siempre esperé desde aquel día en el que el bebe baboso sonriendo me miraba mientras yo leía el correo en el cual se me aclaraba que por ser de Bogotá no tendría derecho a un hotel. El Goethe ya conocía, quizá por mi hoja de vida, que tengo un mejor hotel que el Tequendama: el hotel mamá. Volviendo a lo importante, la batalla no fue lo que me esperaba y termino siendo una simple escaramuza. Los organizadores sabiamente intervinieron cuando mi manos ya querían tocar las campanas de guerra. Luego de ello solo hubieron miradas. Miradas de un par de pensamientos que se basan en axiomas que se excluyen, miradas de corrientes antagónicas que no pueden encontrar una visión unitaria del mundo. Después de todo, una gran porción del arte, por su amor al postmodernismo, ha hallado en la negación absolutista de la metafísica de los objetos un lugar tranquilo para pastar. Por otro lado, la ciencia- aquella misma ciencia que por su ideal de lo perfecto y de lo clasificado cae cada día en el terror de la eugenesia- se niega aún a tomar valores ambiguos de verdad derivados de sistemas de pensamiento que no corresponden con una amada objetividad. Podría decirse que esta discusión- o para los más pacíficos: este malentendido – es un llano problema del lenguaje. Se diría entonces que estos dos sistemas de pensamiento han derivado en significaciones antagónicas o contradictorias de las palabras y que por ello mismo el hacer que ellos se entiendan es imposible. De hecho casi todos los problemas que se dicen problemas del lenguaje acaban en la misma conclusión. Una conclusión bastante objetiva de lo que nos pasa día a día cuando queremos interrumpir al otro en su existencia: no nos entendemos, no nos entendimos y nunca nos entenderemos. Puede ser por esa razón, quizá, que cuando fui, el primer día, a – desconocido para mí en este entonces – Mapa Teatro me sorprendí tanto con las palabras de Heidi (la única Heidi a la que se le dice Jeidi y no Jaidi) …Nosotros aquí no creemos en el trabajo en grupo. Creemos en unas fuerzas colectivas que crean comunidades, pero no en el trabajo en grupo…
Eso no dirían los dos protagonistas de la película que vimos anoche. Ellos, como buenos científicos, creen en el trabajo en grupo. Uno de ellos mira con devoción a su maestro: un profesor universitario que ha clasificado más de 19.000 plantas y que está muy cerca de cumplir su objetivo cuantitativo: 20.000. El amor por las plantas hace que el alumno, un típico estudiante de biología barbudo y hippie, declaré que su amor por las mujeres es mucho menor y que aunque las plantas no le correspondan a él en afecto, ve en ellas todo lo misterioso y emocionante que guardan las emociones humanas. Es tal su amor – no se sabe a ciencia cierta si por la taxonomía, por las plantas, por el profesor, o por las plantas que se conocen a través de la taxonomía con ayuda del profesor- que les dedica canciones románticas “ Amores que matan nunca mueren”. El narrador del documental por su parte se muestra distante, quizá por el fracaso en su carrera como botánico, e indiferente, sin embargo siempre halla el momento adecuado para sacar a relucir su admiración ciega hacia su profesor o su envidia asquerosa hacia su compañero. El documental pareciese decir que únicamente se puede amar a las plantas teniendo una vida académica como la de todos los académicos botánicos que cita al final, o también cabe otra posibilidad: amar a las plantas haciendo películas sobre la relación entre un profesor y su discípulo, mostrando – particularmente- que jamás el discípulo se rebela al maestro, sino que todo lo contrario: sigue con su legado.

Por: Nicolás Castro