[Reflexiones sobre el laboratorio de José Luis Blondet.]
Por Natasha Tiniacos*

Charlie, ¿por qué dices tantas cosas tontas?
Porque tengo ayuda.
Edgar Bergen y Charlie McCarthy

El laboratorio de José Luis Blondet sucedió en la Quinta de Bolívar. Al entrar a la página web del sitio, el internauta encuentra esta oferta bajo el título “alquiler de espacios”: “El inigualable valor arquitectónico e histórico de la casa, así como la excelente conservación de sus jardines y árboles centenarios, hacen de este un lugar único en la ciudad para la realización de diferentes tipos de eventos.” ¿Planifica un cóctel de negocios? Hágalo en el patio donde celebraron la independencia de varios países. ¿Quiere bautizar al primer varón de la familia? Festéjelo en los jardines del hombre de América.

Claro.

Blondet es venezolano, nacido y criado en el país de Bolívar, graduado y antiguo profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela antes de radicarse en los Estados Unidos a favor del arte contemporáneo. Su laboratorio «Solo (a dos voces)» versó, entre otras cosas, sobre el ventrílocuo, un personaje al que no pocos le temen en su infancia pero que Blondet ha explorado profusamente. El ventrílocuo tiene el arte de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos. Agrego, parafraseando: voz que viene del vientre. Estaba, entonces, el curador de proyectos especiales del LACMA, hablando con su acento venezolano bajo el techo a dos aguas de una larga habitación de la quinta donde el Libertador, aun esporádicamente, retozó junto a Manuela Sáenz.

“¿Cuántas voces caben en un individuo o cuántos individuos caben en dos voces?”

 

Que él discerniera sobre este tema en la casa de Bolívar… ¿era paradoja? ¿alegoría? ¿elegía? ¿un tácito espectáculo? ¿una partida de la ouija? ¿todas las anteriores? Observaba a mi alrededor buscando una mirada cómplice que develara la coincidencia como parte de la curaduría de Mapa Teatro. Pero develar parece ir en contra de su naturaleza. Blondet lanzaba sus primeras ideas: “La voz funciona en el espacio”. “La voz en el espacio se desdobla”. Apunto en mi cuaderno ejerciendo, de manera temprana, el rol de escucha o de marioneta.

El tema de las voces se ha discutido desde hace siglos, dice. Habló sobre el Pierre Menard de Borges y esa línea tangencial de la apropiación muy en auge durante los años ochentas. ¿Qué pasaba con Menard? Quería escribir El Quijote, no reescribirlo. Recordó a las pitonisas de la antigua Grecia. En dos comedias de Aristófanes, Las ranas y Las avispas, hay ventrílocuos. La Biblia es la transcripción de una voz divina. No es un secreto el misterio teológico sobre el origen de la voz.

“¿El truco del ventrílocuo? Un muñeco, un actor. El personaje habla con un muñeco. Al hablar sucede un performance. Sus dos elementos fundamentales: la mirada y la voz.”

 

Dead of Night (1945).

Dead of Night (1945).

Esta foto nos acompañó como un telón de fondo durante todo el laboratorio. Los elementos fundamentales que menciona Blondet, la mirada y la voz, son expuestos en evidencia aquí de manera perturbadora. Se trata de la imagen promocional de una película de 1945, Muerte en la noche. Son, según Blondet, dos personajes que se necesitan. Dos personajes, una sola voz.

Blondet nos presentó a varios ventrílocuos, entre ellos a Nina Conti. Relató una escena de cuando ella heredó los muñecos de su maestro y entonces amante, Ken Campbell. Los llevaba a una suerte de peregrinaje elegíaco para despedirlos pero una de las muñecas, Granny, le pidió concederle el deseo de nadar antes de morir. Conti, en traje de baño, lleva la marioneta desnuda a la piscina. Establecen un diálogo (solo) a dos voces sobre el extrañamiento. Granny nunca había probado el agua. Conti le enseña a contener la respiración. Flota. Se hunde. “Es demasiado”, dice la muñeca, “es demasiado”. Ante su conmoción, Conti sale de la piscina con ella y cierra la escena estrujándola para exprimirle el agua de la piscina, un gesto recordatorio que estremece porque las voces que acabamos de oír nos dejan la (falsa) impresión de una humanidad en el cuerpo de látex y tela.

Nos preguntó sobre la sensación de oír nuestra propia voz grabada. Es extraño, acordamos todos. Otro extrañamiento. Es nuestra voz, emitida por nuestras cuerdas pero procesada por dos artificios: el de la máquina que graba y el de nuestro oído con que ahora nos escuchamos. Ninguno es natural. Hay un doble, una emulación inesperada.

Pero no solo de esto se trató el encuentro, Blondet pensó el tema de las voces partiendo también de una reflexión entorno a la obra Blas Coll del poeta venezolano Eugenio Montejo. “El paraíso requiere un monosílabo”, cita. Puerto Malo de Blas Coll trazaba un puente con el puerto de Buenaventura. Sobre esto me extenderé luego. Dejo la voz inconclusa, hasta aquí, rota como la vajilla de Bolívar actualmente expuesta en su Quinta en el montaje Los platos rotos del Libertador (¡!). Regreso a ese lugar como un fantasma detrás de los fantasmas, a sus rosas habitadas por diminutas hormigas, a los pasillos del jardín que alguna vez celebraron gestas o besos (ambiciones más profundas que otras), y regreso a ese techo y a esos muros condecorados, unas cuantas (solas) voces después. Se sostienen por la caja de resonancia donde fueron situadas, al borde del Monserrate, donde retan su identidad fragmentada, única, extraña, múltiple.

*Natasha Tiniacos.

Sobre la imagen: laboratorio «Solo (a dos voces)» de José Luis Blondet en la Quinta Museo de Bolívar, Bogotá. El video proyectado en la pared es In Situ de Silvia Grunder.

Nota bene: las referencias aquí expuestas provienen del laboratorio.