Memoria # / Elipsis b

(Viene de la Elipsis Tónica 1. Ésta es la segunda de tres elipsis. La palabra elipsis es invariable en plural. Eso no significa que le resulte imposible ser plural, sino que al dejar de singular y multiplicarse no tiene variaciones. Así lo explica la gramática. Aunque también podría decirse que “la palabra elipsis es invariable en singular”, pero al parecer nunca damos lo plural como  hecho, como forma natural. Al menos nunca en la lengua compartida)

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29.03.2017. Es de tarde. La entrada a Mapa Teatro se ha codificado como un asunto secreto. En el umbral de la puerta Sandra llama por nombre y apellido a los actantes. De uno en uno. Al cruzarla dejan de ser singulares: son actantes. Suben a recibir instrucciones y los dejan saber su ubicación dentro de la espiral y sus responsabilidades dentro del dispositivo.

Afuera quedamos los testigos. Los paseantes de la séptima nos miran con curiosidad. Quieren saber qué pasa, por qué nos amontonamos, cuál es la urgencia. “¿Qué están dando allá adentro? No se puede caminar”. “Memoria”, le responde una. La dueña de la pregunta se detiene, se gira, nos mira como a unos locos y sigue su camino.

Los episodios en los cuales alguien prometió darnos memoria acabaron mal. Debe ser eso.

Mientras los actantes recorren los pasillos de la casa con una determinación que nosotros desconocemos, entramos y nos conducen hasta el patio del fondo. Ahí debemos esperar que todo esté dispuesto y nos llamen a sentarnos. Somos (apenas) testigos.

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 [“Irreparable significa que las cosas son consignadas sin remedio en su ser así, que ellas son, también, justo y sólo su así (…) pero significa también que para ellas no existe literalmente ningún reparo posible; que, en su ser así, están ahora ya absolutamente sujetas, absolutamente abandonadas. Esto implica que la necesidad y la contingencia, las dos cruces del pensamiento occidental, han desaparecido a la vez del mundo post iudicium. El mundo es ya, por los siglos de los siglos, necesariamente contingente o contingentemente necesario. Entre el no poder no-ser que sancionó el decreto de la necesidad, y el poder no-ser que definió la vacilante contingencia, en el mundo finito despunta una contingencia elevada a la segunda potencia, que no funda libertad alguna: el puede no no-ser, puede lo irreparable” // Agamben. La comunidad que viene]

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(Hay cosas que son. El tiempo, por ejemplo. Justo antes de exponernos al testimonio, Alejandro Valencia Villa nos pone en las manos tres ideas distintas del tiempo, ajenas a la nuestra, tan occidental y del derecho. Ha decidido mapear los orígenes. Tres pueblos originarios de América son sus referencias. Para los pieles roja lakota, “la memoria es como cabalgar por un campo de noche con una antorcha encendida: la antorcha arroja su luz sólo hasta un punto y. más allá, todo es oscuridad”. Según el pueblo maya de los tocojobales, en Chiapas, “el pasado, como tiempo vivido, tiempo visto, está al frente, no atrás. El futuro, como tiempo no vivido, tiempo no visto, está atrás, no al frente”. Y para los piranha, del Amazonas brasileño, “el principio de la inmediatez de la experiencia condiciona la gramática: nunca hablan de eventos que no hayan presenciado”. Los enunciados piranha sólo contienen afirmaciones vinculadas con el presente del hablante y sólo usan los tiempos verbales del presente simple, el pasado simple y el futuro simple. Tienen ocho consonantes (siete las mujeres) y tres vocales. No usan los tiempos perfectos. No tienen mitos de creación. Ni leyendas fundacionales. Eso excede los tiempos del hablante. Y cualquier historia, para poder ser, exige la presencia de un testigo. Y hay cosas que son. El tiempo, por ejemplo)

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[Escuchamos durante cerca de veinticinco minutos el testimonio de una mujer Colombia, víctima del conflicto armado. Nadie ha grabado nada. Es lo sagrado de la memoria. Apenas puedo decir que fue en 2005. Nos separan de su experiencia doce años. Su testimonio fue una antorcha en la oscuridad, un tiempo visto y el principio de la inmediatez de la experiencia. Estamos aquí como testigos. No tengo otro registro posible para narrar estos veinticinco minutos más tres minutos y medio de silencio más millones de segundos futurizantes. No consigo otro sino el registro del tiempo, la pretensión de una crónica desangelada. Eso que se le pide a un testigo y para lo cual ahora, después de oírla, me siento incapaz, frustrado, mudo. Muerto. También muerto. Al menos lejos de lo humano. De lo que creía era lo humano. Así llega lo descriptivo convertido en un escapulario: en castellano contar es un verbo polisémico. La voz cuenta. Yo cuento. Todo cuenta. De algo hay que aferrarse. Antorcha. Sendero. Presencia. Esta presencia]

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Distancia. Desde donde estoy sentado, sólo alcanzo a contar cincuenta y siete personas. No es una vista privilegiada. Debe haber unas veinte más. Empieza el testimonio. Apagamos las grabadoras. La mayoría, cuarenta y dos de quienes veo, miran hacia arriba, hacia la altísima pared iluminada que sirve de backing a los expertos y que, también, nos separa de la otra mitad de aquella casa que fue una sola y ya no. Casi todos nos comportamos como si esa voz viniera desde ahí, desde esa pared, esa luz, ese arriba. Antes de los cinco minutos ya tres de los expertos tienen cerrados los ojos: Ludmila, Roberto y Suely, quien ladea su cabeza hacia la derecha, izando el oído izquierdo en dirección a las cornetas. Iván mira hacia un costado, el derecho, con la vista puesta en nada. Ninguno de ellas puede ver la pared. Gloria, la jueza, parece pretenderlo y excede la posibilidad cervical. Mira hacia arriba. Muy arriba. Algo hace evidente que lo que oímos se trata de un primer testimonio. La voz no es la de un relato elaborado, sino la de una confesión. Una confesión cargada de vergüenza, que se excusa por las malas palabras en medio del llanto ahogado. Al momento de la primera violación, de las cincuenta y siete personas que puedo ver treinta y tres las miran hacia abajo, hacia el oscuro suelo contrastado por las luces y su reflejo en la pared. Algunos vuelven a miras hacia el techo cuando termina de contarla, pero apenas comienza a narrar la segunda son cuarenta y una las miradas puestas en el suelo. Cuando es claro que una de las niñas corre un inmenso peligro, cincuenta y cinco miran hacia abajo y dos miran la nada mientras se escurren las lágrimas. Ha desaparecido la pared. Alguien tose. De nuevo todos con la mirada en alto son sorprendidos por el desenlace. Hay una parálisis del aliento. Aquel idioma del aire, cargado de sentido, es una breve asfixia ante la muerte y una hiperventilada complicidad durante la huida. La voz llora. Se asfixia y se hiperventila. Todo tiene que caberle en el pecho. Nos ha contado una historia mientras ella era la única que conocía el final. Cuando habla de sus dos hijas se acelera. El nombre del hijo no aparece nunca. El de ellas dos sí. Todos somos esa persona que la acompaña y que olvidaremos. Nadie sabrá dónde ponerse el abrazo inútil durante tres minutos y medio.

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 [“¿De dónde viene tener un cuerpo? ¿Y qué quiere decir tener un cuerpo? (…) Tal vez sentimos que tener un cuerpo y tener un punto de vista no son cosas indiferentes entre sí. Pero lo que no vemos para nada es en qué consiste el vínculo. Y sin duda tener un cuerpo quiere decir algo distinto a tener un punto de vista, aún si ambas cosas están ligadas? // Deleuze. Exasperación de la filosofía]

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La instrucción estaba clara para todos: ahora le tocaba a los expertos reaccionar al testimonio. Así: “a lo bestia”. Con lo que traen puesto, con lo propio, con lo sabido: sumando esta experiencia a las previas, a las propias. Reaccionar. Sin la mediación de otro. Sin mayor aire que el contenido. Con el testimonio puesto en el cuerpo, la reacción convertida en reacción singular de una experiencia plural: expertos expuestos y expresándose (ex: afuera).

Una tercera elipsis tónica. Ésta que viene. Irreparable: siendo así.