Por Laura Liz Gil Echenique*

Se suponía que este fin de semana hubiésemos bebido tragos afrodisíacos y nos hubiese contagiado el cálido ritmo de Buenaventura mientras vivíamos el Standard Time de Mark Formanek o asistíamos a las presentaciones del taller de Emilio García Wehbi. Sin embargo, no sucedió así. Decidimos que sería mejor no realizar un viaje, que por las circunstancias actuales del país, podría demorar más de lo esperado y suponía aventurarnos a vivir un tiempo distinto al que nuestro cronograma había contemplado. Pese a esto el cronos tampoco sucedió como creímos podría continuar, el fin de semana, comenzando por el clima, tuvo extraños comportamientos en el reloj de todos los participantes. Al final los viajes también son apelativos a la conciencia.

La calle está invadida por palomas y me gustan. Alguien me dice que pueden convertirse en una plaga, me preocupa que las cosas que me gusten terminen por dañar este paisaje de incendios. En realidad me doy cuenta de que me gusta jugar con fuego. Si está la llama cerca no puedo sino caminar con entusiasmo infantil directo a ella… Por alguna razón me resulta inspirador ver arder las certezas, me quedo ebria de estímulos y me dan ganas de quemar todo aquello que no pensó ser quemado.

Así fue cómo terminó esta cubana recorriendo las avenidas de Bogotá. Y desde la altura sobre el teleférico y por entre las calles estrechas, o sobre las esquinas y los grafitis, reinvento mi concepción de artista, arte, teatro, imagen… La Habana vuelve a ser el escenario para los acuerdos de paz en Colombia. Y como creo que el azar ordena el mundo me gusta pensar que mientras los colombianos se reinventan en mi capital, yo puedo reinventarme en la suya para aprender de aquello que nos falte y continuar tejiendo sueños y puentes.

Estoy cansada de tener fe en lo obvio, de construir altares para ídolos que no me identifican. Es hora de llenar las hogueras con las repuestas totalitarias. Quiero cantar como si rezara una oración y encender copas como velas. Dejar de definir es una forma de llenar de combustible los territorios en los que nos movemos, propiciar la chispa y consumirnos juntos aunque distintos.

Mientras cartografío la ciudad sin rumbo ni brújula, me encuentro una bota de mujer a mitad de la carrera 4ta. Me da miedo esta imagen, no sé por qué pero me asusta encontrar una bota en medio de la avenida. Antes de que el semáforo se ponga verde, me pregunto a quién perteneció y por qué está sola… Pienso si quizás, sin querer, yo incendié alguna vez las bases de algo. Ya no es necesario tener dos zapatos iguales para descubrir los caminos. Las artes vivas calcinan los conceptos pares, definidos, las disciplinas, las fronteras, los peligros.

Cuando Kate McIntosh nos dijo hace unos días que por alguna razón sentía que nos gustaba quemar cosas, no lo hacía en sentido metafórico, realmente quemamos varios objetos durante nuestros performativos ejercicios. Sin embargo ayer, desde Monserrate,mientras veía la ciudad atardecer como si, con todos los edificios de ladrillos, fuese una ciudad encendida, sentí que la altura me permitía pensar en el incendio como un dispositivo para la metáfora.

Debajo de la mesa encuentro una caja de fósforos y Natasha Tiniacos me recuerda a Tarkovsky y cada vez que pienso en esto, pienso en el tiempo narrando los estados y las incertidumbres… tantas incertidumbres y tantos acentos… tantas voces repitiendo sentencias que no les corresponden, porque a pesar de todo, quién sabe de dónde nace su voz o a dónde van a naufragar sus palabras.

Recostada en el sofá parezco la Maja vestida de Goya, me dice un artista que analiza cuidadosamente los objetos-sujetos a su alrededor, como si estudiara un personaje. Me pregunto por qué encajo con un estereotipo tan distante en el tiempo y en el espacio. De pronto me cuestiono cuán latinoamericana parezco y qué es lo latinoamericano ahora que estamos todos en un sitio conquistando límites que no nos pertenecen, porque en verdad, para nosotros ¿dónde quedan las fronteras?

Me recuesto al sofá y ahora me viene siempre la imagen de la Maja vestida aunque de pronto siento que a lo mejor también encajo con un cuadro de Botero, y ¿me alivio? Después de una semana de experimentos, nunca mejor dichos, las cosas parecen ser más simples y a la vez más potentes de lo que parecían. La semana comienza con bríos, después del viaje, que no hicimos, pero del cual necesitamos recuperarnos. Camino por una Bogotá que empieza a conocerme mientras le voy perdiendo el miedo a los rumores y los mitos. Porque de qué vamos a vivir los artistas sino de las mitologías que ojalá sean siempre estalladas, renombradas, incendiadas.

*Artista visual y dramaturga cubana, becaria de EXPERIMENTA/Sur V-2016.