Por Natasha Tiniacos*

Los cuadernos del peregrino literario.

Mi nombre es Natasha Tiniacos y estaré contando para ustedes lo que sucede en EXPERIMENTA/Sur V. Mis estudios en literatura y el ejercicio del oficio de la poesía me trajeron como becaria a la edición del año pasado. Entré a esta fiesta gracias el abrazo de la interdisciplinariedad con que se examinan las Artes Vivas en este encuentro. Ahora estoy de regreso para dejar constancia en este blog de lo que estamos por vivir y de la manera en cómo estamos por hacer y ser, porque la curaduría de Experimenta es una cartografía en obra para experimentarse, agitarse, revivirse, intensificarse. Sin embargo, despojaría la ambición inherente a tal narración. Excuso por adelanto mi mirada ajena como tremendamente expectante. Ajena porque escribir al tiempo que se vive trae como solicitud una distancia.

Llegué de Caracas a Bogotá después de rogar que me montaran en el segundo vuelo. El primero lo había perdido por un retraso fuera de mí (una revisión innecesaria camino al aeropuerto). Llegué corriendo con mi maleta a un vuelo que habían cerrado hacía apenas unos cinco minutos. “Usted es venezolana, usted sabe”, fue lo que soltó la supervisora de la aerolínea cuando llegué y el apuro había escampado. Soy venezolana, pero no sé, no sé nada. La guardia me había parado digamos que por azar. Acto seguido, empecé a pensar en los diversos matices de aquello incorpóreo que hoy nos convoca a Experimenta: el lugar y el tiempo, el lugar del tiempo. En mi brazo derecho tenía mi abrigo en gozo por salir a pasear al frío y en la mano, mi pasaporte. Un cúmulo de papel que me permite trasladarme, que me da permiso para mover mi cuerpo a un lugar al que no podía llegar por razones temporales. En ese momento, para mí el tiempo y el lugar era un vacío.

Tras una larga espera, me monté en otro avión para el tránsito de una hora y treinta minutos que me trajo hasta Bogotá y a cuyo arribo debía retrasar mi reloj una hora, lo que lo convertía en un ahorro durante traslado, ¿una pérdida también? Al llegar, todo a tiempo. Todo en su justo lugar. Bogotá estaba en la ciudad delante de mí y yo sonreía ante la paradoja mientras esperaba mi equipaje y veía la correa circular sin brincos. La sonrisa, quizás hacia adentro, surtió porque había combatido, con la manera particular de los combates personales, para poder estar aquí. Y la reflexión despertaba justo en un aeropuerto, espacios considerados por Marc Augé como no-lugares (esos lugares que según él no tienen la suficiente importancia para ser considerados lugares). Pero el pensar sobre el lugar que por horas había perdido (la posibilidad de Bogotá), el tiempo que aguardó mi deseo de trasladarme, el viaje y los cambios de huso horario, hacía del aeropuerto un espacio vital para mí. Un lugar.

Dicen Bajtín que sin estas dos categorías espacio y tiempo no se puede conocer el mundo, pero que son independientes de la consciencia del sujeto. Para él, las nociones tiempo y espacio derivan de la materialidad del mundo. En la literatura, son indisolubles. Para estudiarlo, creó la categoría de análisis cronotopo. ¿Qué podrá surgir de esta idea de que el tiempo y el espacio son uno solo, una cuarta dimensión, en las Artes Vivas?

Pienso en el atardecer desde el avión en movimiento.

Pienso en la correa del equipaje que aletargaba mi ansiedad por salir a la ciudad.

Pero solo puedo pre-decir. Traigo esta mirada con la miríada de los días transcurridos como antigua becaria y esta posición externa para poder narrar. Lo que pueda pasar en EXPERIMENTA/Sur V: el lugar del tiempo es hoy, a un día de su inicio, una predicción de latidos estruendosos. Tal como las cuentas regresivas.

*Natasha Tiniacos.